Salí el jueves de Barcelona rumbo a Sao Paolo. Desayuné de madrugada y me pinché mi insulina mixta. En el avión comí alguna cosa para prevenir la hipoglucemia. Llevaba unos días bastante controlado. Mi equipaje de mano es cada vez más exótico. Ahora la ropa es lo menos importante. Hay que llevar tres tipos de insulina, el medidor de glucosa, la medicación, caramelos, frutos secos y snacks. Sin ello y mis cachivaches electrónicos no puedo viajar. Logré pasar el control de seguridad sin ningún problema.
Hace tiempo que tomé la decisión de no subirme al avión si no me dejan portar conmigo todo
lo necesario para llevarme bien con mi diabetes.

Lo otro siempre se puede comprar en el lugar de destino. El avión de Barajas sale a la hora prevista

y con el almuerzo me pincho la insulina. La diferencia horaria de 3 horas entre España y Brasil difi culta la programación a lo largo del día.
La inesperada distancia de 8 horas entre la comida y la merienda me obliga a tirar de provisiones.
Le pregunto a la azafata si tiene comida para diabéticos y me dice que eso se tiene que pedir con antelación. Llego a Sao Paolo y no tengo ganas de cenar, me ahorro la rápida, me inyecto la lenta y me voy a la cama. Lo más complejo del viaje ha sido la inquietud glicídica, que sólo he sido capaz de combatir a base de gastar tiras diabéticas, en total 7 a lo largo del día.
Me levanto a la mañana siguiente y en el desayuno me pincho otra vez. Compruebo, una vez más, lo poco que ayudan los desayunos de hotel, verdaderos homenajes a los hidratos de carbono. A las dos horas del desayuno me tomo un snack y voy al aeropuerto a coger un vuelo con destino a Buenos Aires. Viajo en la hora de la comida y he de retrasar el reloj una hora , lo que me produce un cierto malestar glicémico.
Decido adelantar la comida en el aeropuerto y pincharme anticipadamente la dosis de insulina. Hice bien, porque el avión se retrasó dos horas y el snack que nos dieron era hiperglicémico.
Le pregunté a la azafata si tenía comida para diabéticos y me respondió que «ellos no hacen comidas especiales». Me mantuve con snacks hasta la cena, 10 horas después de la comida. En la cena me pinché la dosis rápida y tuve la sensación, lo que comprobé después, de que la aguja falló.

Estoy regresando a Sao Paolo y estoy más pendiente de mis niveles de glicemia, las horas de las comidas y de lo que voy a comer, que de las reuniones y conferencias a las que he sido invitado.
Descubro que me obsesiona más perder el medidor o la insulina que el pasaporte o la cartera.
Mi cabeza empieza a planifi car la estancia en Brasil y los cinco días de permanencia en Uruguay.
En esta última ciudad tendría que ser capaz de hacer algo de deporte y de controlar la glicemia. Me preocupa el viaje de regreso a Barcelona desde Montevideo, ya que nunca he hecho un viaje tan largo desde que me manejo con Insulinas. La persona que viaja conmigo está pendiente de mis vicisitudes y se pregunta cómo alguien que no es profesional de la salud puede manejarse ante la incertidumbre glicémica sin sucumbir con facilidad a los umbrales de la glucosa. Lo único que se me ocurre decirle es que eso es posible gracias a las asociaciones de pacientes y a los profesionales que se prestan a educarnos. Sin las asociaciones, agrupadas en España en torno a FEDE, y su labor educativa, el manejo de la  diabetes resultaría aún más complejo. Por ello es necesario que las autoridades sanitarias apoyen y reconozcan su labor y no compliquen aún más la cotidianeidad de los pacientes diabéticos regateando
las tiras como si éstas estuvieran bañadas en oro y cambiando caprichosamente las agujas y edicaciones. Apreciados consejeros/as de Salud, la relevancia clínica está en la disminución de la hemoglobina glicosilada (HG), no en el número de tiras que se gastan, y si se prescribe innecesariamente el antidiabético genérico, porque es barato, se puede aumentar el riesgo de enfermedad cardiovascular. Léanlo en The Lancet, fue el mejor artículo del año. Se lo dice alguien que vive 8.760 horas al año con
la diabetes y que se pincha por necesidad, no por gusto. Esto último lo hacen los faquires, no los pacientes. Acérquense más a las asociaciones y lo entenderán. Es una cuestión de concienciación
y sensibilidad. ¿Quieren que compartamos un viaje juntos?
* Dedicado a los profesores Domingo Turri y Juan Carlos di Lucca de la Universidad Austral de Buenos Aires por su cariño mantenido a lo largo del tiempo.

 

Artículo: 8.760 horas , publicado en Siete días médicos en noviembre de 2010

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